La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

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Sociedad - Ensayo
Escrito por Abraham A. Rasgado González*   
Jueves, 13 de Agosto de 2009 23:35

Dedicado a Tehuantepec,
Que sabe escuchar.

I. Introducción
Es sabido cómo la historia de la filosofía occidental ha servido para conocer que han existido disciplinas que se han incubado en el seno de ella (de la filosofía). Ejemplo de esto es, a grandes rasgos, la psicología, que se ha desarrollado a partir de lo que aún , hoy día, es llamado filosofía de la mente1; la biología, a partir de lo que se denominó filosofía natural (uno de los grandes filósofos naturales fue Aristóteles, quien también fue el gran filósofo que se dedicó a estudiar al ser: algo tan general, asunto que hoy rechazan las disciplinas científicas particulares); la lingüística, a partir de lo que se designa como filosofía del lenguaje.2

La lingüística ha tomado su camino, se ha especializado de tal manera que muchas veces, descubro, llega a renegar de la filosofía, arguyendo que ésta es mera especulación metafísica (entendiéndola de forma peyorativa).3 Es hora de dejar de lado esta separación, y creo que el tema propuesto en este pequeño estudio, es una buena ocasión para intentarlo.


En este ensayo, pretendo abordar una cuestión que he observado ha sido abandonada no sólo por los lingüistas, sino también por los filósofos: el papel que el silencio juega en el lenguaje y sus fines. ¿Cómo se genera el conocimiento a través del lenguaje y su variante silenciosa? Hemos construido una Teoría del conocimiento a partir del “yo”. Yo hablo, yo pienso, yo existo, yo conquisto; yo hablo y yo no escucho, yo no me callo. No soportamos el silencio como un modo natural de comunicación. No aceptamos que el silencio sea capaz de significar. ¿El silencio es un mero callarse, es decir, es una falta de pensamiento? ¿Se calla alguien sólo cuando no tiene algo que decir? ¿El silencio comunica algo? ¿Tiene resonancia el silencio? Trataré de desentrañar lo que algunos filósofos (es notorio que me sería imposible abordar a la totalidad de los filósofos para indagar si han tomado en cuenta el asunto) han reflexionado sobre el particular. Haremos un recorrido representativo de los filósofos a través de la historia. Intentaré algunas propuestas para abordar el estudio del silencio, por lo menos en la filosofía, que es de lo que tengo un poco más de conocimientos. Ello revisando una bibliografía mínima de fuentes directas, consultando a los autores originales, y estudios críticos sobre estos mismos.

Es una verdad de Perogrullo decir que la lingüística se dedica a estudiar al lenguaje. Sí, pero esbocemos determinados conceptos básicos para el estudio lingüístico-filosófico que intentamos.

II. Algunas definiciones

Es importante tratar de establecer lo que es el conocimiento. En su libro Creer, saber, conocer, Luis Villoro, analiza la cuestión del conocimiento de forma amplia. Primero aborda el papel que juega la creencia en el conocimiento. Lo hace a través del análisis del “Teetetes”, aduciendo que todo conocimiento implica una creencia, pero no toda creencia implica conocimiento. A través de este diálogo platónico se aborda esta cuestión. Creencia verdadera, primero aducen en el diálogo, pero después analizan las creencias que son verdaderas por mera casualidad.4 Es necesario, pues, imponer la cláusula de justificación, para quedar en la definición clásica de conocimiento como “creencia verdadera y justificada”. Este diálogo, el Teeteto,5 analiza lo que la filosofía clásica entendía por conocimiento. No vamos a ahondar más en el análisis de este diálogo. Sólo lo mencionamos, como también mencionamos al diálogo Crátilo,6 en el cual Platón aborda el estudio del lenguaje no como lenguaje en sí, sino como un instrumento para acceder al conocimiento. A lo largo de este análisis, se estudia —a veces en un diálogo fructífero, en otras ocasiones por medio de un diálogo de sordos— el origen de los nombres de las cosas, o de las palabras. Se discute sobre si el origen de las palabras es naturalista o convencionalista. Sócrates (el personaje de todos los diálogos platónicos) se apega al naturalismo. No hay convención, dice, puesto que los nombres están enfrentados, y ello es garantía de que no son un acceso seguro al conocimiento de la realidad.

Así, me parece importante hacer una indagación acerca del papel que juega el lenguaje y una de sus formas, el silencio, para acceder al conocimiento.

Al mismo tiempo, creo necesario delinear, por lo menos de forma somera, una definición del lenguaje, objeto de estudio de la lingüística. Puede parecer una falta de especialización, pero comenzaré por definiciones gramaticales. Un diccionario define al lenguaje como “Facultad de emplear sonidos articulados para expresarse, propia del hombre”.7  Aquí ya  se deja entrever la concepción que tiene el pensamiento occidental en cuanto a este vocablo. Habla estrictamente de sonidos, de ruidos, de fonemas.
Nicola Abbagnano, nos dice que el lenguaje es:

[E]l uso de los signos intersubjetivos. Por intersubjetivos se entiende los signos que hacen posible la comunicación. Por uso se entiende: 1) la posibilidad de elección (…) de los signos; 2) la posibilidad de combinar tales signos en modos ilimitados y repetibles.8

Esta última tesis nos plantea claramente la intersubjetividad, es decir, que el lenguaje es posible cuando más de uno pueden, mediante signos, comunicarse a través de él. Asimismo, deja de utilizar al “sonido” como único código comunicativo.  Que el lenguaje sea convencional o natural, es un asunto que ahora no abordaremos; unos argumentan a favor del convencionalismo y otros del naturalismo.9 (Aunque me parece evidente que no debemos asumir una solución de forma tajante, puesto que podríamos argumentar sobre las palabras de origen onomatopéyico o las arbitrarias a la hora de designar a un objeto, con igual fuerza tal vez ambas posiciones.)

Ahora bien, en su obra Filosofía y lenguaje, Georges Mounin hace un brevísimo recorrido histórico sobre la definición del lenguaje, puesto que considera, por ejemplo, definiciones que provienen de autores desde el s. xviii, de los cuales señala la desigualdad “que aquella época alcanzó en su reflexión en torno a las lenguas”10. Y él advierte el problema que planteamos en este trabajo cuando anota:

Furetière está atento a dos problemas que siguen muy de actualidad: el de los lenguajes distintos de las lenguas («Figuradamente, también se habla de lenguaje […] para los signos mudos, gritos o sonidos inarticulados que sirven para dar a conocer cosas diversas») y el de la comunicación animal.11

Aunque sigue mostrando la primacía del habla y a lo demás lo considera distinto de la lengua, me parece correcta la acotación que hace sobre el tema.

El lenguaje ha sido caracterizado en mayor medida por el habla exclusivamente, por la pronunciación de sonidos que comunican el pensamiento del hablante, del usuario de este instrumento comunicativo. Y aunque con sus reservas, Mounin, siguiendo a Furetière, afirma que un lenguaje fuera del lenguaje (convencional) es el lenguaje animal, Edward Sapir afirma lo contrario, que el lenguaje animal no es lenguaje.12 Por lo demás, me parece se han dejado de lado otras formas de comunicación; como, por ejemplo, el silencio. No quiero decir con esto que el silencio tenga que estar a la misma altura de la palabra hablada, sin embargo, sí considero que debe tomarse en cuenta de forma seria su estudio y análisis.

III. El silencio del lenguaje a través de la historia de la filosofía antigua

a) Pitagóricos

Muchas escuelas filosóficas han argumentado sobre la naturaleza del lenguaje, desde los pitagóricos hasta los sofistas, en la Edad Antigua. La escuela de Pitágoras de Samos (570-497 a. de C.), que eran comunidades religiosas13 y estudiosas, le daba una importancia central al silencio, no como mera forma de comunicación, sino como un asunto de trascendencia metafísica. Era un modo de preparación para ser aceptado en la escuela pitagórica (pero no sólo como un requisito de acceso). Los aspirantes susceptibles de ser iniciados debían permanecer en silencio durante cinco años. ¿Y para qué el silencio? Para preparar mejor la palabra. Para desalojar la ligereza de espíritu que aturde a las personas de palabra fácil y vacua.
Diidxa’ ribee diidxa’ (las palabras generan palabras), dicen los sabios binigula’sa de Tehuantepec. Es cierto, pero ¿qué palabras? Los pitagóricos recuperan al silencio como forma de generar palabras más profundas: Hacerse las preguntas fundamentales de la Filosofía era cuestión del silencio. Las respuestas (e incluso las formas de plantearse las interrogantes) dependían de la reflexión silenciosa, ascética, de los filósofos. Deshacerse de la ligereza de espíritu: el silencio se hacía no una costumbre, sino un método de pensamiento, puesto que el hablar interior, les había hecho adquirir una cláusula especial a la hora de hablar. Esto es, el silencio les impedía abaratar la pronunciación de las palabras habladas. Ello, incluso, me parece que trasciende al estudio del papel del silencio en el lenguaje. El silencio aquí es una entidad determinante del lenguaje, y no un objeto inferior e insignificante.

b) Gorgias de Leontini (484-375 a. de C.)

Los sofistas dieron un impulso grande al análisis del lenguaje, debido al interés que tenían por la retórica, la gramática y la construcción de discursos persuasivos. Uno de estos sofistas fue Gorgias de Leontini14, quien, además, da nombre a uno de los Diálogos de Platón, el Gorgias. Reportes doxográficos nos han allegado de una buena parte del pensamiento de este filósofo y retórico, y  es ahí donde encontramos su pensamiento respecto a este tema. Es cierto que Aristóteles no les proporcionó buena fama (incluso escribió las Refutaciones sofísticas para rebatir sus ardides discursivos), pero es innegable de igual forma sus contribuciones al desarrollo del análisis del lenguaje.
En su Acerca del no ser o acerca de la naturaleza, Gorgias toma en cuenta al lenguaje:

Así como lo que se ve, por eso, porque se ve, se dice visible, y lo que se oye, por eso, porque se oye, audible, y ciertamente no rechazamos lo visible porque no se oye, ni despreciamos lo audible porque no se ve (ya que cada cosa debe ser juzgada por su propio sentido y no por otro), así también lo que se piensa, existirá, aun cuando no fuera visto por la vista ni oído por el oído, ya que es concebido por su criterio adecuado.15

Es importante la mención que hace Gorgias de la existencia del pensamiento aun cuando no fuese captado por el oído. Es decir, existe un ente apto para  ser aprehendido no sólo por el mero hablar-escuchar, puesto que hay algo existente16 en lo que no se habla (en otras palabras: hay algo dentro del silencio que sólo silencio).
Mas, el mismo filósofo, argumenta que esto no es comunicable cuando hace un corolario a lo antes expresado:

(83) Pero aun cuando se comprendiera, es incomunicable al otro. Pues si los seres son visibles y audibles y, comúnmente, sensibles —los que subsisten fuera—, de éstos, los visibles, son recibidos por la vista, y los audibles por el oído, y no inversamente […] (84) La palabra es con lo que declaramos, pero la palabra no es substancias y seres. Pues así como lo visible no podría llegar a ser audible y viceversa, así el ser, ya que subsiste fuera, no podría llegar a ser la palabra nuestra.17

Así, este orador, argumenta la separación del ser y del lenguaje. Algo que veremos en el apartado dedicado a Martin Heidegger. En lo particular, yo creo que la palabra sí es un ser, es lo que ilumina a la realidad, es lo que envuelve y da refugio al ser. “El lenguaje es la casa del ser”, argumenta el filósofo germano, y Gorgias dice que no; éste, anuncia la total separación de los dos entes. Y, además, discute que sólo la palabra es comunicable, sólo la palabra significa algo que pueda ser interpretado por el otro.

c) Platón (428-347 a. de C.)

Este filósofo griego (Egina o Atenas), de nombre Aristocles, “Platón es un sobrenombre que indica el vigoroso físico del filósofo”,18 toma muy en cuenta al lenguaje en varios de sus diálogos (el Eutidemo; el Teetetes, por ejemplo, en el cual hace una clasificación de las letras, y el Sofista),19, 20 pero es en el Crátilo en donde le dedica todo el diálogo a la cuestión del lenguaje. Se dedica a dilucidar si el lenguaje es de origen convencional o natural (y hay una ligera inclinación hacia el naturalismo)21 y busca el origen de las palabras a partir de sus etimologías. Pero sigue mostrando un desdén (o una ignorancia) hacia el silencio. Además, este filósofo sigue mostrando al lenguaje únicamente como un pronunciar sonidos.

Hay que tomar ese lenguaje, que nos dice lo que no es […], y empujarlo hacia «quién es lo que lo dice» […]. La personalidad del quién que habla puede suplir el silencio de las significaciones desechadas.22

Es decir, cuando se guarda silencio, el silencio debe ser aclarado a partir de quien se queda callado o quien no-habla. Es una interpretación del silencio en un mar de filosofía del habla. La visión occidental, lo sabemos, ha abrevado sus fundamentos culturales, filosóficos, de la filosofía griega. Ellos han fundado su filosofía del lenguaje de la palabra hablada. Al silencio únicamente, si es que tiene sentido tomarlo en cuenta, se le nombra circunstancialmente. Como señal de derrota del oponente verbal. Como falta de palabra.

d) Aristóteles (384-322 a. de. C.)

Aristóteles, el de Estagira, funda su Teoría del conocimiento a partir de la visión. En el primer libro de la Metafísica no habla del lenguaje como vía para acceder al conocimiento (como Platón lo hace en el Crátilo), sino del ver:

Él parte de la visión y dice: “hay que ver”, claro, no se ve sino bajo la luz, y lo iluminado es la “idea” que significa “lo iluminado”, entonces es una filosofía del ver, del ver que a su vez es dominado como mundo y que se defiende con las armas.23

Es, sin embargo, en su obra Sobre la interpretación, en donde Aristóteles analiza al lenguaje. Él no solamente toma en cuenta al habla, también, indirectamente, al silencio, a partir del escuchar. Esto es un avance grande, aunque no lo hace de forma sistemática ni seria.

[T]ambién añade otro sentido, que es el de la comunicación, esto es, no sólo lo que interpretamos cuando se nos comunica algo, sino lo que hacemos además nosotros al comunicarnos: no únicamente la recepción, sino también la emisión de los mensajes. Comprende la locución y la escucha, el habla completa de una lengua, el acto por el que nos comunicamos con los otros.24

El estagirita toma en cuenta al ciclo comunicativo (o circuito semiótico) completo: hablar, escuchar (para decodificar) y no sólo emitir un monólogo en el cual, cuando dejo de hablar, se acaba mi papel en el ciclo comunicativo. Aquí el silencio es tocado indirectamente desde el escuchar, como una condición necesaria para llevarlo a cabo. No deja de sólo analizar y tomar en cuenta al sonido:

Así, pues, lo [que hay] en el sonido son símbolos de las afecciones [que hay] en el alma, y la escritura [es símbolo] de lo [que hay] en el sonido. Y, así como las letras no son las mismas para todos, tampoco los sonidos son los mismos. Ahora bien, aquello de lo que esas cosas son signos primordialmente, las afecciones del alma, [son] las mismas para todos, y aquello de lo que éstas son semejanzas, las cosas, también [son] las mismas.25

Haciendo un recorrido somero en los libros de filosofía del lenguaje, noto la misma línea ininterrumpida de analizar el lenguaje únicamente en función de los sonidos, de los fonemas, de los signos lingüístico articulados.26 Es por eso que ahora me atrevo a saltar, después de esta muestra representativa, varios siglos para adentrarnos en el tema que está irrumpiendo poco a poco.

IV. Del silencio en particular

Pero ahora afrontemos el problema.  De entrada, veamos cómo el silencio es tomado como una falta de pensamiento, como un defecto de nuestra capacidad reflexiva, como una ignorancia que nos deja mudos.

Cuando hablamos, esperamos que el otro nos escuche en silencio, que nos ponga atención, que aprehenda nuestra interpretación de nuestro propio pensamiento a través de los signos lingüístico. Hablo. ¿Y después, guardo silencio? Sí, tal vez sí, guardamos silencio, pero como una pasividad, como una acción negativa, un dejar de hacer lo que estábamos haciendo (hablar). No nos callamos para poner atención al otro que ahora tomó nuestro lugar de encodificador: nuestro cerebro está apagado (por decirlo de alguna forma), esto es, estamos tal vez pensando en lo bien o mal que hablamos, en si nos entendió, pero no estamos tratando de aprehender o decodificar no sólo lingüísticamente (tal vez hasta metafísicamente) el mensaje de mi interlocutor. Y si lo hacemos, es sólo para sujetar lo que tenga que ver con lo que yo dije. Únicamente decodifico lo que parece, o se asemeja o es igual a las ideas que expresé (o lo que haga referencia a ellas). No tenemos un respeto por el otro. No estamos formados para escuchar, sólo para callarnos como un acto negativo.

El silencio, v. gr., es definido como “Circunstancia de no haber ningún sonido en un sitio o en un momento. Circunstancia de no hablar las personas. Circunstancia de no hablar de cierta cosa: ‘El historiador guarda silencio sobre ese punto’.”27

En la primera acepción sólo es ausencia de ruidos (no sólo humanos, también ruidos casi abstractos); en la segunda es como apagar el cerebro, y, en la tercera, es como una señal de ignorancia, de falta de conocimiento. Y sobre esta base de definición gramatical se sustenta nuestras nociones del ente silencioso.

Creo conveniente informar que en quienes pondré un tanto cuanto más de cuidado es en los filósofos Martin Heidegger —quien consideró, aunque no extensamente, este tema en su obra El ser y el tiempo—, y en Ludwig Wittgentein.

a) Ludwig Wittgenstein (1889-1951)

Un filósofo contemporáneo que hizo varios asertos sobre la actitud del silencio, fue el filósofo vienés Ludwig Wittgenstein. En su primera obra, el Tractatus logico-philosophicus, en el prólogo que él mismo escribió (y en el último parágrafo de su libro), dice que “De lo que no se puede hablar hay que callar”28 Filosofía harto individualista; es decir, nos expresa que lo que yo no puedo pensar (lo que es impensable, dice el filósofo austriaco) no lo puedo adquirir escuchando al otro, esto es, solamente yo puedo generar mi propio conocimiento, y no tengo ni la obligación ni el derecho de escuchar al otro. Somos, en el planeta Tierra, seis mil millones de soledades e incomunicaciones. Wittgenstein pretende “trazar un límite al pensar”29, quiere evitarnos la pena de pensar lo que no se puede (¿o no se debe?) pensar.

Wittgenstein, el gran lógico, en su Tratado lógico-filosófico30, al final, dice lo siguiente: acerca de lo que no se puede hablar, es necesario guardar silencio (Schweigen), y pareciera que con eso ya no hay más que hacer. Justamente el libro de Carlos Lenkersdorf31 le diría a Wittgenstein, y le diría para mostrarle lo que no sabe: en el momento en que ya no tengo más que hablar y tengo que guardar silencio, empieza el acto más importante, porque ¡en el silencio tengo que aprender a escuchar!, señor Wittgenstein, señor Aristóteles, señor Descartes; hay que de-construir toda la filosofía moderna.32

Hay cosas que no se pueden decir, que sólo se muestran: “Existe, de cualquier modo, lo indecible. Se muestra, es lo místico” (6.522). Luis Villoro lo expresa en forma negativa: “Lo místico no es decible, se muestra”33. Lo místico hace referencia a lo que no se muestra, pero que da sentido a lo que existe en el mundo. Lo místico, pues, puede ser silencioso de palabras, mas no de significado.
Pero tratando de comprender el silencio wittgensteiniano, se hace una referencia a una contraparte, anti-silenciosa, que enarboló el nacionalsocialismo alemán.

Hitler desconfía del silencio: Jamás me cansaré de prevenir a nuestro joven movimiento contra el peligro de quedar cogido en la malla de los llamados “obreros silenciosos”. Estos [sic] son, no solamente cobardes sino, además, incapaces e indolentes […].34

Esto tiene implicaciones éticas, del alcance de la filosofía política incluso, pero es importante resaltar esta posición tan extrema de rechazar el silencio reflexivo: sólo desea acción, grito, pelea, agitación,35 sólo privilegiar a las palabras que generan palabras, sin importar lo que éstas conlleven. Es sólo llenar el vacío de ruidos con más ruido, aturdir al pensamiento con griteríos para ciertos fines un tanto turbios: sedar el pensamiento crítico.
“Lo inefable (aquello que me parece misterioso y no me atrevo a expresar) proporciona quizá el trasfondo sobre el cual adquiere significado lo que yo pudiera expresar.”36 Es decir, lo que no se puede decir, lo silencioso, muchas veces da sentido (“significado”) a eso que sí puedo expresar y que trata de decir lo indecible.

Wittgenstein recomienda el silencio ante lo que no se puede decir (o lo que no se quiere decir), Hitler exhorta a que se hable, aunque no se tenga nada que decir, y aunque se esté al borde del abismo.

b) Martin Heidegger (1889-1976)

Este filósofo nacido en Messkirch, Selva Negra de Baden (Alemania), publicó su monumental obra, El ser y el tiempo,37 en 1927. En ésta, vuelve a poner en la mesa de discusión el estudio sobre el ser y no solamente sobre el ente. De pasajes muy oscuros, de difícil comprensión para los poco avezados en las lecturas filosóficas, nos va adentrando en su forma de desvelar al ser ¿Por qué el ser y no mejor la nada?, pregunta Heidegger, es decir, ¿qué es lo que hace que algo sea algo y no otra cosa? ¿Existe la nada? ¿Qué es la nada? Y para esto, toma en cuenta, muy en cuenta, el estudio del lenguaje.

Pero este estupendo ontólogo, nos lleva paso a paso. Primero, nos dice, habrá que escuchar:

La relación del habla con el comprender y la comprensibilidad resulta clara si se fija la atención en una posibilidad existenciaria, inherente al hablar mismo, el oír. No es casual que digamos, cuando no hemos oído “bien”, que no hemos “comprendido”. El oír es constitutivo del hablar.
[…]
Hablar y oír se fundan en el comprender. Éste no nace ni del mucho hablar, ni del afanoso andar oyendo. Sólo quien ya comprende puede “estar pendiente”.38

De inmediato, Heidegger da otro paso, ahora sí, al tema que nos ocupa en el presente trabajo, y he aquí la raíz de su filosofía del silencio:

El mismo fundamento existenciario tiene otra posibilidad esencial del hablar, el “callar”. Quien calla en el hablar uno con otro puede “dar a entender”, es decir, forjar la comprensión, mucho mejor que aquel a quien no le faltan palabras. El decir muchas cosas sobre algo no garantiza lo más mínimo que se haga avanzar la comprensión. Al contrario: la verbosa prolijidad encubre lo comprendido, dándole la seudoclaridad, es decir, la incomprensibilidad de la trivialidad.39

He descubierto este pasaje bastante esclarecedor sobre el lenguaje silencioso, que me parece da en el blanco: el hablar mucho no significa decir algo. No siempre el hablar tiene algo que transmitir. A veces, transmite la “trivialidad” del que sólo grita para contener al verdadero hablar. Una condición sine qua non del buen hablar, es el callar, y viceversa:

Sólo en el genuino hablar es posible un verdadero callar. Para poder callar necesita el “ser ahí” tener algo que decir […]. Entonces hace la silenciosidad patente y echa abajo las “habladurías”. La silenciosidad es un modo del habla que articula tan originalmente la comprensibilidad del “ser ahí”, que de él procede el genuino “poder oír” y “ser uno con otro” que permite “ver a través” de él.40

Pero hay un juego lógico en estas afirmaciones de Heidegger, en el cual nos dice que si no hablamos, no podemos callar. El mundo no habla, así es que no puede callar, dice; el hombre que no habla, correrá la misma suerte, afirma. Para “ver a través” del otro al que interpelo y me interpela, es necesario escucharlo, no sólo oírlo, y quien no guarda silencio no podrá hacerlo.41

Para este filósofo, el decir y lo dicho son una misma cosa, fundida; así, hace una ontología del lenguaje, puesto que atiende al ser, a lo que es, a partir del lenguaje (On es un nominativo de un participio griego que significa lo que es, lo ente, y cuyo genitivo es ontos)42, entiende que el ser es lenguaje. En la Carta sobre el humanismo dice:

El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en que, mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la custodian.43

Heidegger se convirtió en un filósofo del silencio, toda su obra está surcada por este aspecto. ¿Por qué? Tal vez porque fue obligado también al silencio. Después de la victoria y ocupación de la Alemania nazi por parte de los Aliados al terminar la Segunda Guerra Mundial, nuestro filósofo fue obligado al silencio por su inicial adhesión al nazismo (estaba afiliado al Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores)44, le retiraron su cátedra, fue empujado al casi olvido. Aunque esta inquietud ya le venía desde finales de los años treinta. Es entonces cuando tal vez pone más atención a la reflexión silenciosa. “Heidegger es el pensador del callar más relevante de la filosofía actual. Los pensamientos sobre el callar atraviesan casi la totalidad de su obra.”45

Heidegger nos dice que algo muy comprensible pero que nadie puede explicar es el concepto ser. Tuvo en vilo el meditar de Platón y Aristóteles; todo mundo comprende “yo soy moreno”, “soy malhumorado”,  etc., pero es imposible que alguien aclare el más general de los conceptos. Es decir, el ser es la palabra más dicha, pero la menos decible,46 muy oscura: no acepta la definición clásica de la epistemología griega que nos dice que se define por el género próximo y la diferencia específica. Es entonces cuando el ser se vuelve silencioso. Los griegos, por considerarlo inútil, abandonaron este estudio.

Heidegger, pues, fue el primer filósofo importante contemporáneo que sacó a relucir, de nuevo, el estudio del ser, y, en lo que nos compete, una ontología del silencio. Podemos afirmar, siguiéndolo, que el silencio anticipa al habla, no como una evolución, sino como condición para desechar las “habladurías” a que hace referencia nuestro filósofo. Para prescindir de las verborrea que emiten los que cultivan el mucho hablar con sonidos y poco hablar en silencio antes de hablar fonéticamente.

V. Mis planteamientos

Concebimos al signo como una representación de lo ausente. Como forma de apropiarse del mundo al nombrarlo. No podemos vivir la totalidad de experiencias. Es decir, no podemos vivir el mundo en su totalidad. Wittgenstein dice “El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas” (Tractatus, 1.1), pero, aun fueran los dos objetos, no podemos experienciar ni todos los hechos ni todas las cosas, y es por eso que le asignamos un signo para representarlo en su ausencia o en su inexperiencia. Le asignamos significados a las cosas, a los hechos, al mundo. Hablamos, interpelamos, y el hablar se ha constituido como el eje central del análisis lingüístico. Mas el silencio siempre está presente.

El poeta se sirve de las palabras, pero también de los silencios. El ritmo en la poesía es importante, es un elemento que no se puede perder (se puede prescindir incluso de la métrica, la rima, pero nunca del ritmo). Y el silencio en esto juega un papel muy importante. A los silencios en la escritura (que es la simbolización del habla) se les representa con los signos de puntuación. En la escuela siempre nos han enseñado a “respetar los puntos y las comas”. Nos indican la duración de cada una, y entonces, al respetar esos silencios, se dará el sentido correcto a la lectura que se hace. No es lo mismo decir “y cuando despertó, el dinosaurio aún estaba allí” que decir “y cuando despertó el dinosaurio / aún estaba allí”. Así podemos ejemplificar la importancia del silencio no sólo en la escritura, sino en la correcta lectura y en el hablar de los seres humanos.

Haciendo una analogía, podemos argumentar sobre la música. Los sonidos están simbolizados en las notas del pentagrama. Sí, los sonidos, pero también los silencios. Cada figura tiene su correspondiente silencio. Una redonda, una blanca, una negra, etc., cada una, tienen sus silencios pertinentes. Si sólo se tomara en cuenta a los sonidos sin los silencios ¿habría música? Entonces, si el habla es algo parecido, ¿por qué no se toma en cuenta a sus silencios?

El silencio representa algo más que una ausencia de habla. Indica emociones, indica situaciones, también da respuestas, asiente, niega, reprocha, “otorga”. “Interpreta mi silencio” decimos muy coloquialmente para decir algo que no queremos decir, pero que con nuestra actitud, mostramos nuestro pensamiento sin la necesidad de articular las palabras esperadas.

El silencio ha sido representado como un error, como una deficiencia del ser humano. Consideramos “traumados” o “acomplejados” o “ignorantes” a quienes en silencio siempre se están. O que sólo hablan lo necesario. Llevar al extremo al silencio, tal vez sí sea una cuestión de incorrecciones (como Heidegger lo indicó: quien nunca habla, no es capaz de silencio, y éste es una condición para poder bien hablar), pero no todo silencio es un menoscabo de las capacidades lingüísticas.

VI. Comentarios finales

Los lingüistas tienen que abordar el tema desde muchos puntos de vista, incluso tiene que ser interdisciplinario el asunto del silencio: los psicólogos tienen mucho que decir en cuanto a estos temas, por ejemplo. ¿Por qué no también los filósofos, los antropólogos, etnólogos, etc.?

Atendiendo a las explicaciones de Carlos Lenkersdorf en su libro Aprender a escuchar: enseñanzas maya-tojolabales, podemos poner como ejemplo el cómo los tojolabales nombran al hablar, ellos tienen una palabra compuesta para esto, y al decirlo, expresan: yo-hablé-tú-escuchaste (p. 13), tienen un sentido más desarrollado del escuchar “oj kal awab’yex”: yo diré ustedes escucharán. Del estar en silencio no como mero acto de no-hablar, de “apagar el cerebro”, como le llamo, sino un silencio que aprende y aprehende.

Escuchar es un acto importantísimo en el circuito comunicativo. Escuchar no sólo al otro, sino a los otros, a la comunidad. Los indígenas hoy enarbolan el “mandar obedeciendo” y este vocablo proviene del latín ob-: lo que tengo delante de mí; y -audire: escuchar; es decir, el que obedece es el que sabe escuchar al otro, a los otros47. Tal vez si aprendemos a no sólo emitir las “habladurías” de la ontología heideggeriana, podremos escuchar el grito del pueblo, el grito de los desposeídos. Porque hoy los medios de comunicación sólo emiten monólogos, griteríos que pretenden apagar la palabra de los de abajo.

Los antiguos griegos fundaron una filosofía del lenguaje, y una filosofía organizada a partir de la visión. Los maya-tojolabales, y los indígenas en particular, tenemos que pugnar por lo que Lenkersdorf llama la “cosmoaudición”, el tomar en cuenta al escuchar en silencio las palabras no sólo de los otros seres humanos, sino de los animales, de la milpa, de la naturaleza, de los astros. Saberlos escuchar para poder convivir mejor con ellos.

Las palabras que anunciarán cosas sorpresivas, cosas sorprendentes, importantes, están precedidas por solemnes silencios, profundos y enigmáticos, como el ojo del huracán lingüístico: después vendrá la palabra que construirá o devastará.

Escuchar, hablar al corazón, es hablar con nosotros mismos: “eso es que quería mi corazón”, “está triste mi corazón”, dicen los tehuanos cuando se refieren a su estado de ánimo o a su estado de salud. Saben escuchar sus adentros, saben estar en silencio para poder oír lo que dice su otro yo. ¿Por qué se puede llegar a pensar que todo esto es puro romanticismo o metafísica barata? Tal vez es que el positivismo aún campea por nuestros terrenos teóricos.

Escuchar, para comprender mejor la realidad. Para conocerla, para analizarla, para tratar de aprehenderla. El silencio es importante también para estos temas. La realidad se manifiesta de diferentes formas, con todos los hechos del mundo, no a través de todas las cosas, como aduce Wittgenstein: saber escucharla es importante para tener disponible una forma más de sujetarla a la realidad y sus avatares.

Puede ser que el silencio, el escuchar, se aprenda. Cuando nacimos, aprendimos escuchando, estábamos un tanto en silencio. Nosotros no inventamos ninguna palabra, todo lo recibimos de nuestras familias, de nuestro entorno. Sólo tuvimos que poner el oído atento para escuchar. Después nos enseñaron que escuchar es peligroso, y nos tornamos en dominadores y empezamos a hablar sin parar,48 sin darle al silencio su lugar. Y es entonces que nos ponemos a hablar por hablar y nos encontramos al borde del abismo…


VII. Bibliografía consultada

Abbagnano, Nicola, Diccionario de filosofía, México, FCE, 2004.
Aguilar-Álvarez Bay, Tatiana, El lenguaje en el primer Heidegger, México, FCE, 2004.
Alonso Puelles, Andoni, El arte de lo indecible (Wittgenstein y las vanguardias), Cáceres, Universidad de Extremadura, 2002.
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Beuchot, Mauricio, Historia de la filosofía del lenguaje, México, FCE, 2005.
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Cornman, J.W., G.S. Pappas y K. Leherer, Introducción a los problemas y argumentos filosóficos, traducción de Gabriela Castillo Espejel, Elizabeth Corral Peña y Claudia Martínez Urrea, México, IIF-UNAM, 2006.
Dussel, Enrique, Conferencia en la presentación del libro Aprender a escuchar: enseñanzas maya-tojolabales, pronunciadas el 25 de febrero de 2009 en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Grabación de audio.
Gaos, José, Introducción a El ser y el tiempo de Martin Heidegger, México, FCE, 1996.
Gorgias, Fragmentos, introducción, traducción y notas de Pedro C. Tapia Zúñiga, México, UNAM, 1980 (edición bilingüe griego-español de la bibliotheca scriptorvm graecorvm et romanorvm mexicana).
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Lenkersdorf, Carlos, Aprender a escuchar: enseñanzas maya-tojolabales, México, Plaza y Valdés, 2008.
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Moliner, María, Diccionario de uso del español, dos tomos, Madrid, Gredos, 2004.
Mounin, Georges, Lingüística y filosofía, versión española de Gabriel Ter-Sakarian, Madrid, Gredos, 1979 (Biblioteca Románica Hispánica/II. Estudios y ensayos: 291).
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Sapir, Edward, El lenguaje. Introducción al estudio del habla, México, FCE, 2004 (Colección Breviarios: 96).
Steiner, George, Heidegger, México, FCE, 2005 (Colección Conmemorativa 70 aniversario: 12).
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Villoro, Luis, La significación del silencio y otros ensayos, México, UAM, 2008.
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Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la filosofía, México, UNAM, 2007.

 

*Ensayo publicado en la revista Signos lingüísticos de la Universidad Autónoma Metropolitana

__________________________________
1 J.W. Cornman, G.S. Pappas y K. Leherer, Introducción a los problemas y argumentos filosóficos, traducción de Gabriela Castillo Espejel, Elizabeth Corral Peña y Claudia Martínez Urrea, México, IIF-UNAM, 2006, pp. 11-12.
2 Georges Mounin, Lingüística y filosofía, versión española de Gabriel Ter-Sakarian, Madrid, Gredos, 1979 (Biblioteca Románica Hispánica/II. Estudios y ensayos: 291), p. 7.
3 Ibídem.
4 Luis Villoro, Creer, saber, conocer, México, Siglo XXI, 2006, pp. 14-17.
5 Sigo la traducción de A. Vallejo Campos, de la Editorial Gredos.
6 Aquí sigo la traducción de la Editorial Gredos.
7 María Moliner, Diccionario de uso del español, tomo I-Z, Madrid, Gredos, 2004, p. 168. Voz: lenguaje.
8 Nicola Abbagnano, Diccionario de filosofía, México, FCE, 2004, p. 642. Voz: lenguaje.
9 Cfr. Mauricio Beuchot, Historia de la filosofía del lenguaje, México, FCE, 2005, p. 11 ss.
10 Georges Mounin, Op. cit., pp. 125-126.
11 Ídem., p.126.
12 Cfr. Edward Sapir, El lenguaje. Introducción al estudio del habla, México, FCE, 2004 (Colección Breviarios: 96), pp. 14-15.
13 Ramón Xirau, Introducción a la historia de la filosofía, México, UNAM, 2007, p. 35.
14 Mauricio Beuchot, op. cit., p. 13.
15 Gorgias, Fragmentos, introducción, traducción y notas de Pedro C. Tapia Zúñiga, México, UNAM, 1980 (edición bilingüe griego-español de la bibliotheca scriptorvm graecorvm et romanorvm mexicana), p. 5.
16 Eso es lo ente (todo lo que es, lo que existe), y recordemos que todo lo que existe tiene la cualidad de poder ser conocido.
17 Ibídem.
18 Ramón Xirau, op. cit., p. 52.
19 Mauricio Beuchot, op. cit., p. 19.
20 J. L. Calvo, “Introducción” al Crátilo en Platón, Diálogos, vol. II, Crátilo, Mardid, Gredos, 1999, p. 349.
21 Mauricio Beuchot, La semiótica. Teorías del signo y el lenguaje en la historia, México, FCE, 2008 (Colección Breviarios: 513), pp. 14-15.
22 Emilio Lledó Iñigo, “Introducción general”, en Platón, Diálogos, vol. I, Madrid, Gredos, 2003, p. 112.
23 Palabras del doctor Enrique Dussel en la presentación del libro de Carlos Lenkersdorf, Aprender a escuchar: enseñanzas maya-jojolabales, pronunciadas el 25 de febrero de 2009 en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Grabación de audio.
24 Mauricio Beuchot, Historia de la filosofía del lenguaje…, p. 21.
25 Aristóteles, Tratados de lógica (Órganon), vol. II, Madrid, Gredos, 2008, pp. 35-36 (16a6-8).
26 Consulté la obra ya citada de Mauricio Beuchot, Historia de la filosofía del lenguaje, y de Noam Chomsky, Lingüística cartesiana. Un capítulo de la historia del pensamiento racionalista, versión española de Enrique Wulff, Madrid, Gredos, 1991 (Biblioteca Románica Hispánica, Estudios y Ensayos: 135), 259 pp.
27 María Moliner, p. 1086. Voz: silencio.
28 Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, Madrid, Alianza, 2007, p. 132. (Parágrafo 7.)
29 L. Wittgenstein, op. cit., p. 47.
30 Ludwig Wittgenstein, Tractatus..., p. 132.
31 Carlos Lenkersdorf, Aprender a escuchar: enseñanzas maya-tojolabales, México, Plaza y Valdés, 2008, 165 pp.
32 E. Dussel, conferencia citada.
33 Luis Villoro, “Lo indecible en el Tractatus”, en La significación del silencio y otros ensayos, México, UAM, 2008, p. 179.
34 Citado por Andoni Alonso Puelles, El arte de lo indecible (Wittgenstein y las vanguardias), Cáceres, Universidad de Extremadura, 2002, p. 55.
35 Ibíd.
36 L. Wittgenstein, Observaciones, México, Siglo XII, 1987, p. 38.
37 El título original es Sein und Zeit, Tübingen, Max Niemeyer Verlag, 1927. Seguí la traducción de José Gaos.
38 Martin Heidegger, El ser y el tiempo, trad. de José Gaos, México, FCE. 2007, pp.182-183.
39 M. Heidegger, Ibíd., p. 183.
40 Ibíd.
41 José Gaos, Introducción a El ser y el tiempo de Martin Heidegger, México, FCE, 1996, pp. 49-51.
42 José Gaos, Ídem., p.19.
43 M. Heidegger, “Carta sobre el humanismo”, en Hitos, Madrid, Alianza, 2007, p. 259.
44 Esto está contenido en varias secciones del libro de George Steiner, Heidegger, México, FCE, 2005 (Colección Conmemorativa 70 aniversario: 12), 236 pp.
45 Citado por: Paloma Martínez Matías, “Hablar en silencio, decir lo indecible. Una aproximación a la cuestión de los límites del lenguaje en la obra temprana de Martin Heidegger”, en Diánoia, vol. LIII, núm. 61 (noviembre 2008), p. 112.
46 Ibíd.
47 E. Dussel.
48 E. Dussel.

 

 

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