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PARA QUE SEA PUBLICADO.
Sin ánimos de menospreciar al señor aburrimiento que es vecino de la borrachita que siempre anda tomada, el IEEPO, ponga atención y escuche las instrucciones para aniquilar el aburrimiento.
Maestro o maestra, si va a realizar un trámite al IEPPO, primero desde que entre por la puerta principal observe las filas y trate de no pedir información a las secretarias que se vean mal humoradas. Es más certero lo que le dirán los que están ya formados.
Que costumbre la de las mujeres de comer chocolates.
Dulce, dulce, muy dulce. Amargo, amargo, muy amargo. Son los sabores antagónicos que se derriten entre los labios y transita por las venas enraizándose en el corazón.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco chocolates.
Mujeres grises de coraza estropeada compran pequeñas dosis cubiertas en papel plata o dorado. Las guardan como tesoros entre sus cofres grandes y vacios que cuelgan de sus hombros.
Cuando despertó, su sombra seguía ahí. Se incorporó lentamente y con los ojos desorbitados vió que, su sombra, sí su sombra, seguía recostada sobre su cama, inmóvil.
¿Qué pasó? No recordaba, abrió y cerró sus ojos, como si ese hecho le devolviera su sombra, sin embargo no fue así, su sombra seguía apacible, inmóvil, y él se quedó inerte como si los pies los tuviera clavados al piso, observando y sin lograr entender como su sombra, aquella inseparable compañera se había separado de él; porqué esa mañana lo había abandonado. Se tomó de la cabeza con ambas manos, y se sacudió cuando regresó la vista sobre su cama, la sombra ya no estaba, haciendo un esfuerzo empezó a moverse y lentamente hurgó por todos los rincones de su casa pero no logró hallarla.
Y cuando despertó, la difunta todavía seguía ahí. Gumercindo Rodríguez desconoció aquel cuerpo inerte, que había quedado desfigurado luego del tremendo impacto que causó su camioneta.
Parado y asustado miró a su camioneta humeante. La sangre esparcida, a media carretera, se le figura una mancha insaciable que avanzaba rápidamente hacia él por todo el asfalto.
Pensó que la mejor salida sería componer rápidamente su carro y dejar ahí el cadáver, después de todo no había testigos y su casa ya le quedaba cerca.
Los textos escritos en este libro son parte de una breve recopilación de la imaginación que emanó de los niños y las niñas con quienes compartí mi primer año como profesora, sin embargo también son prueba contundente de las pequeñas pero signifcativas experiencias que me han mantenido caminando en la difícil y contradictoria ruta docente.