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HISTORIAS JAMÁS CONTADAS
Que costumbre la de las mujeres de comer chocolates.
Dulce, dulce, muy dulce. Amargo, amargo, muy amargo. Son los sabores antagónicos que se derriten entre los labios y transita por las venas enraizándose en el corazón.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco chocolates.
Mujeres grises de coraza estropeada compran pequeñas dosis cubiertas en papel plata o dorado. Las guardan como tesoros entre sus cofres grandes y vacios que cuelgan de sus hombros.
Esperan olvidar, inhibir los pensamientos negativos, desechar las falacias que trae consigo la vida, para volver a sonreír aunque sea un momento.
Que costumbre la de las mujeres de comer chocolates cuando los sueños se han muerto.
Que trabajo les cuesta contar en el reloj las horas muertas que descansan sobre los ramajes del silencio.
¡Chaqs! , quitan la envoltura, mientras se sientan en un sillón viejo.
¡Chaqs! , quitan la envoltura, mientras destilan lágrimas de dolor y sufrimiento.
¡Chaqs! , quitan la envoltura, mientras prenden el televisor lleno de inverosímiles cuentos.
¡Chaqs! , quitan la envoltura, mientras el chocolate llena sus deteriorados anhelos.
El corazón palpita más rápido, la cara se sonroja. El insomnio, la excitación y la felicidad reaparecen sacudiendo todo el cuerpo. Todo, todo, todo… por unos chocolates.
El mundo y el cielo se tiñen rojo de nuevo, y las mujeres hospedan en su regazo la medicina del corazón que simula un alegre sentimiento: EL AMOR.
Esa enfermedad humana de locura desenfrenada, ese arte casi extinto que pocos saben dibujar.
Que costumbre la de las mujeres de comer chocolates ¿sabrán que comerlos o estar enamorada equivale a estar enfermas por los mismos síntomas adictivos?
Ya por la noche el efecto del chocolate se ha ido y la desilusión retorna al cuerpo de las engañadas, decepcionadas, oprimidas, lastimadas y vejadas.
La sustancia adictiva, la feniletilamina se ha marchado, dejando la resaca de dolor y del olvido.
Entonces los fantasmas reaparecen y el desamor se reinstala en... el alma de mujeres grises.
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